Pablo Beltrán

La moneda en el aire: sufragio o naufragio

Y vaya que continuarán tiempos de alto interés en la cosa pública, con el ingrediente adicional que viene como cascada un tema que le es profundamente inherente al ciudadano común. El voto público es el poder de todos y es de las pocas cosas que se tienen a la mano para definir el quehacer democrático y del poder, desde una ranchería, hasta la urbe, desde un municipio hasta la nación completa.

En los meses previos y durante el transcurso del ejercicio de la presidenta Sheinbaum, se han venido sendas reformas, como la de comicios en el Poder Judicial, Guardia Nacional al sector militar, transporte ferroviario, el regreso a empresa pública del Estado para la Comisión Federal de Electricidad, el fortalecimiento de la prisión preventiva oficiosa, no reelección y antinepotismo electoral, competencia legislativa en torno a la extorsión, entre otras.

Y aun cuando algunas de las antes reseñadas son de altísima importancia para la vida nacional, la reforma que viene quizá sea de momento la de mayor calado, ya que la reforma electoral, será la piedra angular para el desarrollo de la democracia del país en los próximos años y decidirá aspectos que pudieran dar mayor poder al poder, o bien, conseguir razonablemente el debido equilibrio, en un sistema de checks and balances (frenos y contrapesos).

El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente, dijo acertadamente el inglés Lord Acton en el siglo XIX, en un contexto en donde veía al absolutismo, como una amenaza a la libertad, pues la tiranía -a su juicio- siempre daba lugar a injusticias. Ya se hablaba de la corrupción y no solo como financiera, sino además como degradación moral en donde la autoridad en ocasiones realiza las reglas a conveniencia para fines personales, convirtiéndose en “juez y parte”. Acton habla de la necesidad de los contrapesos, como lo hizo también Montesquieu, Locke, Tocqueville, Madison, por solo mencionar algunos. 

Luego entonces, en lo que viene para México, se debe de entender que el voto público es el gran poder ciudadano para conseguir los equilibrios y gobiernos eficientes que sean altamente competitivos, ante un buen escrutinio público que cada determinado tiempo, dice quien entra y quien sale.

Ya Pablo Gómez, como Comisionado del Ejecutivo para la reforma electoral, trae en su maletín las próximas reglas que se pretenden implantar, lógicamente pasando por un legislativo, el cual claramente tiene a su merced, al contar el partido oficialista con la mayoría calificada en ambas cámaras, lo que les da el poder para reformar la constitución y ni se diga la ley secundaria, por lo que es más que probable, que el paso por el congreso sea un mero día de campo.

En verdad preocupante la reciente participación de Gómez Álvarez -ante reunión con comisionados del INE a inicios de semana-, en donde deslegitimó la autonomía del organismo, aludiendo a que solo se trata de un órgano administrativo del estado, olvidando el exlegislador plurinominal, que el Instituto es ni más ni menos que un órgano constitucional autónomo, de acuerdo con el artículo 41, fracción V, apartado A, de la Constitución Mexicana, lo que lo convierte en una pieza fundamental en el funcionamiento de la república.

Existen grandes puntos en la reforma, entre los más importantes, la representación de las minorías, las cuales por ningún motivo, en toda democracia, deben de dejar de ser protegidas, pero el problema será la fórmula o tratamiento que se le de a esos votos; aunque de entrada, ya se vislumbra que se tratará de eliminar las listas de partidos para los legisladores de representación proporcional, yéndose más por la idea de privilegiar a los que compitieron en forma directa y quedaron como segundo lugar en la votación, llamados como de “primera minoría”, lo que ya funciona en el Senado. Aquí ya arquearon las cejas no solo los dirigentes de la oposición e intelectuales, sino con mayor énfasis las cabezas de los aliados Partido Verde y del Trabajo, los que tradicionalmente se han alimentado de las pluri’s de lista.

Se habla también de disminución de presupuesto al INE, organismos electorales locales (que de inicio estaban en “la mira”) y a los partidos, en un discurso de austeridad, que ojalá no incida negativamente en el futuro en la organización de las elecciones.

Ya vendrán ahora con mayor intensidad los foros, debates y en su momento, las discusiones en las cámaras legislativas, sobre todos los puntos de la reforma, por lo que deberemos de estar atentos al filo de la butaca y esperar el desenlace, esto aparentemente a más tardar en mayo de este año, por los tiempos electorales venideros.

Ya los mexicanos vivimos en el reciente siglo pasado la hegemonía (control total) de un partido que nos gobernó por setenta años y al final con hipertrofia, producto de su facilidad de conservarse, lo que le vino a cobrar factura a los ciudadanos. Sin duda que debemos de aprender las lecciones del pasado y valorar muy bien el poder del sufragio, esto es, no debe de tratarse el voto como cheque en blanco para nadie -bajo ninguna circunstancia-, ya que, de otra manera, estaríamos condenados al naufragio y no sería nada deseable caer en un déjà vu, sobre todo, ahora que la gran mayoría de los votantes serán jóvenes que no conocieron aquellos años en carne propia.

La suerte está echada…

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