Por Jesús Palomares. /MO
Navojoa.— Hay prisiones que no tienen barrotes. Para Berenice Gil, la suya está marcada por una enfermedad que poco a poco le fue quitando movilidad, pero que nunca logró encerrarle la imaginación.
En una habitación de cuatro por cuatro metros, donde pasa buena parte de sus días, una cama, unos lápices y decenas de dibujos se han convertido en su mundo.
A los 15 años, la esclerosis múltiple comenzó a cambiar su vida. Era atleta de alto rendimiento y correr representaba libertad, pero las dificultades para caminar y las constantes caídas terminaron alejándola también de la universidad.
“Deje de estudia porque tenia mucho miedo, caminaba muy despacio y si me tropezaba me quedaba sin poder moverme, tuve muchas caídas y le fui agarrando miedo; sufrí mucho cuando iba a la universidad”, relató.
Hoy, a sus 31 años, Berenice enfrenta una discapacidad motriz, pero encontró en el arte una manera de expresar aquello que muchas veces no consigue decir con palabras.
“De mis días malos cuando siento mucho dolor, que tengo el pecho tapado, quisiera gritar y decir los que siento pero no puedo, no puedo decirlo con palabras pero con el dibujo me sale”, expresó.
Cada dibujo lleva algo de ella. El dolor, la ansiedad, los recuerdos y también la esperanza.
En una de las paredes de su habitación permanece el retrato que hizo de su madre, quien falleció después de enfrentar una enfermedad. Su imagen se mantiene presente mientras Berenice continúa dibujando.
“Es un consuelo a todas las malas situaciones el arte te consuela, te arropa, te distrae de toda la realidad que vives alrededor”, comentó.
Su padre, un adulto mayor que también enfrenta una discapacidad, es hoy uno de sus principales apoyos. Entre ambos enfrentan las dificultades de una enfermedad que implica gastos constantes, mientras Berenice busca que su talento artístico también pueda convertirse en una forma de generar ingresos.
Su alimentación es costosa y en ocasiones necesita comprar medicamentos que no están disponibles en el Seguro, por lo que busca vender sus dibujos y pinturas para ayudar a cubrir sus necesidades.
Pero en medio de las limitaciones físicas y económicas permanece algo que Berenice no ha perdido: su fe.
“Me hace olvidar de todo cuando dibujo, hay días que tengo el dolor y la situación me hacen tener mucha ansiedad y me pongo a dibujar y me olvido de todo”, expresó.
Quizá por eso sus dibujos dicen mucho más de lo que parecen.
Porque cuando el cuerpo dejó de permitirle correr, Berenice encontró otra manera de viajar.
Y cuando el dolor le impide hablar, toma un lápiz y deja que sea el dibujo el que hable por ella.
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