Por Lorenza Sigala
Hay visitas al panteón que no necesitan grandes arreglos, altares monumentales ni ceremonias especiales. A veces basta con caminar entre las tumbas, llevar unas flores, detenerse frente a una lápida y dedicar unos minutos a quienes ya no están físicamente, pero permanecen en cada recuerdo.
Este 2 de noviembre, entre los pasillos del Panteón Yáñez, dos mujeres compartieron parte de sus historias, unidas por el mismo motivo: volver a visitar a sus seres queridos y mantener vivo el vínculo que ni siquiera la muerte ha conseguido romper.
Una de ellas fue Sandra Valdenebro de Galaz, de 80 años, quien conoce el panteón desde 1967. Su historia está ligada a ese lugar desde hace casi seis décadas, donde descansan sus suegros, sus cuñados y otros integrantes de la familia de su esposo.
Aunque su marido también falleció, sus restos descansan en un nicho; sin embargo, para ella, regresar al Yáñez significa reencontrarse con una parte importante de su historia familiar.
“A mis suegros, a mis cuñados, son todos los que están aquí. Ya por parte mía, mi esposo, él está en un nicho”, agregó.
Entre los recuerdos que guarda está el de su cuñado Humberto Galaz, quien fue editor deportivo de una revista vinculada con la Liga Mexicana y forma parte del Salón de la Fama del Béisbol Mexicano, en Monterrey.
Precisamente, Sandra contó que este año tuvo la oportunidad de visitar ese recinto, pues dos de sus hijas viven en aquella ciudad. Llegó el día anterior a Hermosillo y, antes de acudir al panteón, también estuvo en Monterrey para recordar a su cuñado y recoger algunos recuerdos que le habían solicitado.
La familia Galaz, explicó, tiene profundas raíces en la comunidad de Las Pilas, donde varias generaciones han mantenido una trayectoria relacionada con la crónica deportiva, una actividad que sus descendientes continúan desarrollando en Ciudad Obregón.
Después de siete años sin visitar el lugar, Sandra encontró un Panteón Yáñez diferente. Le llamó particularmente la atención un árbol que recordaba pequeño y que ahora luce frondoso, además de las condiciones de limpieza y remodelación del cementerio.
“Este arbolito, yo tenía como siete años que no venía. Este arbolito estaba chiquito y ahorita lo vengo a ver bien frondoso. Precioso, limpiecito”, contó.
Para ella, recordar a quienes se adelantaron no necesariamente implica levantar un altar en casa. Su familia nunca tuvo esa costumbre, pero sí conserva una tradición que considera igual de significativa: acudir al cementerio, llevar flores y rezar.
“Es muy bonito, muy satisfactorio venir. Cuando menos a dejarles un recuerdito. No podemos estar viniendo muy seguido, pero sí en este día lo hemos dedicado”, expresó.
A unos pasos, otra historia se escribía frente a una tumba familiar. Silvia Yolanda Navarro de Ayala había llegado desde Caborca para visitar a sus padres, Roberto Ayala Cubillas y Librada Navarro de Ayala, quienes descansan en Hermosillo.
Su padre fue maestro y estuvo relacionado con la comunidad de la Cruz Gálvez, un sitio que forma parte de los recuerdos familiares y de la historia de su infancia.
La distancia y algunos problemas de salud han hecho que sus visitas sean menos frecuentes. Actualmente vive en Caborca, aunque mantiene vínculos con sus hermanos en Hermosillo, donde permanece por temporadas.
Al preguntarle qué recuerda de sus padres, la respuesta llegó acompañada de una emoción que estuvo a punto de convertirse en llanto.
“Ay, muchas cosas bonitas. No me haga que llore”, dijo con los ojos llorosos.
No encontró una sola anécdota para resumirlos. Eran demasiados recuerdos, demasiados años y demasiado cariño para acomodarlos en una respuesta breve. Al intentar explicar lo que representaron sus padres, logró expresar en pocas palabras el lugar que ocupan en su memoria.
“Son muchos recuerdos, sí, muy bonitos. Mi mamá y mi padre eran ejemplares. Muy buenas, pero muy buenas”, agregó.
Roberto y Librada tuvieron tres hijos: dos mujeres y un hombre. Sus nietos también forman parte de esa historia familiar y algunos habían acudido previamente a limpiar la tumba, mientras Silvia esperaba encontrarse con su hermano, quien también había ido al cementerio.
Incluso encontrar el sepulcro se ha convertido en una pequeña dificultad, pues el crecimiento del panteón ha hecho que algunas familias pierdan de vista los espacios donde descansan sus seres queridos.
Pero al final, entre flores, recuerdos y una pausa para comer un panecito, Silvia permanecía ahí, frente a sus padres, con la emoción de quien sabe que hay ausencias que no se acostumbran del todo.
Dos mujeres, dos historias familiares y distintas formas de recordar coincidieron este Día de Muertos en el mismo lugar.
Una regresó después de siete años para reencontrarse con los nombres y las raíces de una familia que ha dejado huella en el deporte; la otra viajó desde Caborca para mirar de nuevo el lugar donde descansan quienes definieron buena parte de su vida.
Porque el 2 de noviembre no todos llegan buscando una celebración. Algunos vienen a conversar en silencio, otros a rezar, a dejar flores o simplemente a permanecer unos minutos frente a una tumba.
Y aunque el tiempo transforme los árboles, crezcan los pasillos y las visitas se vuelvan menos frecuentes, hay algo que permanece intacto: el amor de quienes todavía encuentran una razón para volver.

