Por Jesús Palomares. /MO
Con flores en las manos, veladoras y recuerdos que siguen vivos a pesar de la ausencia, cientos de familias se dieron cita en los panteones de Navojoa para visitar a sus seres queridos.
Desde temprana hora, los camposantos comenzaron a recibir a quienes, año con año, mantienen viva la tradición de volver al lugar donde descansan sus difuntos.
Entre tumbas y pasillos, las familias se dieron a la tarea de limpiar, acomodar flores y encender veladoras. Algunos llegaron acompañados de sus hijos y nietos, otros lo hicieron en silencio, quizá con más recuerdos que palabras, pero todos con la intención de dedicar un momento a quienes siguen haciendo falta.
Conforme cayó la tarde, las pequeñas llamas de las veladoras comenzaron a iluminar los panteones. Una tras otra, fueron dibujando un paisaje de luces entre las tumbas, mientras las flores llenaban de color un lugar que, por momentos, parecía dejar de ser escenario de tristeza para convertirse en un espacio de encuentro familiar.
El color de las flores contrastó con el blanco de las tumbas. Rosas, cempasúchiles y arreglos de distintos tonos adornaron las sepulturas, como si cada familia quisiera llevar un poco de vida hasta donde descansan sus seres queridos.
Hubo quienes rezaron, quienes conversaron frente a una lápida y quienes simplemente permanecieron unos minutos contemplando el lugar.
Así transcurrió la jornada en los panteones de Navojoa, entre el murmullo de la gente, el titilar de las veladoras y las historias que vuelven cada vez que alguien pronuncia el nombre de quien se fue.

