Martín Mendoza / MO
Aquella tarde del jueves 13 de mayo, Cajeme, se ensombreció aún más, con el inesperado asesinato de Abel Murrieta Gutiérrez, en plena campaña política.
Aspiraba la alcaldía bajo las siglas de Movimiento Ciudadano, con el objetivo de gobernar sin simulaciones, como lo advirtió en repetidas ocasiones.
Faltaban dos semanas para que concluyera la campaña política y por ello trabajaba intensamente en actos de proselitismo.
Se encontraba en uno de los cruceros más confluidos del centro de la ciudad; California y Guerrero.
Repartía volantes y pegaba calcamonias, en compañía de integrantes de su equipo de campaña, con la empatía y franqueza que le caracterizó.
Siempre habló de frente y sin miedo y así bajo esos conceptos combatiría a la delincuencia con la venia del pueblo cajemense.
Lo dijo en el último promocional que grabó de palacio a la Plaza Álvaro Obregón. Sus palabras retumbaron en el plano nacional e internacional.
Salieron desde la cuarta ciudad más violenta del mundo, con templanza y transparencia, demostrando el cariño que tenía por su tierra.
Trabajaba para ello de manera incansable a la vista de todos. Su proyecto político era definido y sólido.
Mientras que su carrera como diputado local y federal, así como su desempeño como procurador de justicia y jefe de Policía y Tránsito en Cajeme lo convirtieron en el perfil idóneo para gobernar el municipio.
Sin embargo, poco antes de las 17:20 horas, aparecieron dos sujetos y terminaron no solo con su vida sino sus sueños y proyectos y relevante trayectoria.
Le dispararon en diez ocasiones, dos de las balas penetraron a su cabeza causándole casi una muerte instantánea.
No evadió a sus victimarios, sujetos que en su momento fueron descritos jóvenes, por el contrario afirman que su última petición se las hizo a los miembros de su equipo de campaña.
Pidió que se hicieran a un lado antes de enfrentarse a su cruel destino. Trató de protegerlos y lo logró porque una joven solo sufrió un rozón de bala.
Su cuerpo agonizante cayó sobre la banqueta del lado poniente de la California a unos metros al sur de la Guerrero.
Paramédicos de Cruz Roja llegaron para auxiliarlo y comunicadores para informar el impactante y doloroso acontecimiento.
Los asesinos se regresaron, dicen, por la calle Guerrero al oriente, donde los esperaban sus cómplices a bordo de una vagoneta de color gris de la que habían descendido para cumplir la mortal encomienda.
En tanto que Abel Murrieta Gutiérrez, de 58 años de edad, era llevado a recibir atención médica a una Clínica Hospital privado situado a seis cuadras del sitio del memorable suceso.
Este sábado 13 de noviembre, se cumplen seis meses de su muerte y aunque se dice que los asesinos están identificados inexplicablemente siguen libres.
Incluso uno de ellos fue baleado meses más tarde en un ataque armado y aunque estuvo hospitalizado, extraña y presuntamente escapó, ante la tibia mirada de policías ministeriales.
La Fiscalía General de Justicia del Estado asumió un silencio total como ha lo ha hecho hasta el momento.
La impunidad sigue su curso y la justicia se observa cada vez más lejana para quien también fue abogado defensor de la familia LeBarón, allá muy cerca de Bavispe.

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