Trataré de explicar como, si no tienes Covid, puede que, averiguando, te contagies.

Inició con un pequeño dolor de cabeza. Luego, tos, goteo nasal y muy cansado.

Y como quien esto escribe había estado cocinando para alguien que, me informó dos días después, dio positivo a Covid, pues, el susto.

Espera, me aconsejaron, quizá solamente es una gripa. Luego, decenas de recetas antigripales: que la cebolla con limón; el té de ajo molido; vaporoub (receta de AMLO) y así.

Al tercer día y sin mejora, sin salir de casa, harto, es cuando decido comprobar, de una buena vez, si tengo o no el maldito bicho que ha venido a cambiar las acciones en todo el mundo.

Buscando por internet, me doy cuenta, de entrada, que existen varias pruebas para saber si estamos contagiados o no. La más cara, supuestamente la más confiable, es la de PCR, con resultados en 72 horas. La otra, llamada antígeno, cuyo resultado, positivo o negativo, tarda dos horas y lo hacen tomando muestra directamente de las fosas nasales. Claro, también existe una que venden en las farmacias, y se detecta por medio de la saliva.

Siendo ya todo un experto en este tipo de pruebas, luego de tanto tiempo para leer cada una de ellas, me dedico ahora a ver donde puedo practicarme los exámenes.

Primero las farmacias: “no señor, no tenemos pruebas desde hace dos meses y no sabemos para cuando tendremos”…  En otra: “Ahorita de momento no hay, pero quizá mañana tendremos (día siguiente, es decir el mañana de ayer, llamo de nuevo y… No, malamente le dijeron que hoy habría, nos dice nuestro proveedor, que nos surte dentro de 2 a 3 semanas”…

Opción B, los laboratorios: Unos, son muy caros, los otros, que cobran menos de la mitad, tienen agenda saturada hasta 3 o 4 días después. Encuentro uno, que da 50 turnos diarios, de lunes a sábado, y con un precio moderado.

Llego a la fila, pregunto cuál es el protocolo, y una muchacha me dice se debe llenar una ficha numerada, con los datos para luego hacer fila. Las fichas son en papel y, atada con un cordel, una pluma para escribir. Busco entre mis cosas y no traigo con que escribir, y me resigno a usar la misma pluma que han utitilizado 42 personas antes que yo, todas ellas, con posible Covid.

Mientras me apunto, la muchacha número 41 y el chamaco número 42, que se conocen, platican de sus fiebres de 38 grados y de que se han sentido muy mal y yo, con la pluma que acaban de utilizar entre mis manos. Termino de escribir y corro a buscar un gel antibacterial el cual me unto en las manos, el cuerpo, la ropa, los lentes, la boca y hasta mi mascarilla KN no se que número.

Volteo a ver la fila y, la distancia entre los enfilados, no llega ni al metro, además, muchos de ellos platican entre sí como si no tuvieran ninguna sospecha. Y me pregunto, ¿qué no se le ocurrirá a nadie hacer otro tipo de protocolo? Por ejemplo, si son 50 fichas, no creo que salga muy caro que, sin hacer fila, alguien salga desde dentro del laboratorio con una cartulina o algo así, para anunciar el siguiente folio.

Desde la calle, literalmente, veo como va avanzando la fila, hasta que, la muchacha 41 y el chamaco 42 están por entrar y entonces, me acerco a la puerta, siempre buscando no estar cerca de nadie.

Y es ahí cuando, una señora, la número 44, es decir, la que va después de mi, está conversando con quien supongo es el 45.

Ella cuenta que dio positivo al Covid y viene para saber si el bicho ya está domado, pero, platica como si le hubiera dado un catarrito o algo así, y confiesa que le fue muy mal durante 7 días y además infectó a su esposo y a su hija.

Quien de plano se lleva la tarde, es el 45, quien cuenta su historia. Viajó a la Ciudad de México y llegó allá infectado. Fue con el doctor, y le dieron medicamentos para paliar las incomodidades, de, confiesa, una fiebre muy alta y dolores de cabeza. Así, infectado y a sabiendas, regresó a Ciudad Obregón y recorrió los centros de salud donde hacen la prueba, el Seguro, y al parecer todos los laboratorios.

Por fin me toca el turno. En la entrada, toman tus datos, te cobran por la prueba y luego te indican ir a una sala de espera donde, un asiento sí y otro no, reciben a los anteriores que yo.

Una joven le dice a una persona que ya no aguanta, tose, camina de un lado al otro, mientras yo, quiero salir corriendo.

Al fin me pasan a un cubículo, me introducen dos molestos hisopos por la nariz y me informan que listo, que vuelva en dos horas por los resultados. ¿Volver? ¿Volver a esta inagotable fuente de contagio? “Señorita – pregunto – ¿me podrían mandar los resultados por correo? Y me responde que sí, que le de mi correo a la cajera y con gusto me los envían.

Voy a la caja, y me encuentro al 45 repitiéndole otra vez a la cajera su historia. Otra pluma, apunto el correo lo más alejado que puedo del 45, lo entrego a la cajera y me vuelvo a bañar en gel.

Ya son las dos horas después, en mi correo, leo el documento, donde dice: Negativo.

Y pienso, ¿porqué las autoridades sanitarias no establecen un protocolo que no exponga tanto a quienes acudimos a realizarnos la prueba?

Dentro de una semana, creo y dependiendo como me siga sientiendeo, acudiré de nuevo a otro laboratorio porque, en este, de plano creo quien acude y es negativo, tiene 90% de posibilidades de contagiarse, ¿o no?

Gracias.

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