Por Lorenza Sigala
El sol cae despacio sobre el kilómetro 234 de la carretera federal 15, en el tramo que une a Guaymas con Hermosillo. La mediana, ese espacio entre asfalto las vías de la carretera luce sin pudor el horror de la tragedia como si acabará de suceder.
Aquella madrugada del 17 de octubre, cambió para siempre la vida de decenas de familias.
Ahí quedaron entre pedazos de vidrios del camión flores marchitas, y pedazos de ropa, calzado diverso entrelazados con cintas amarillas y rojas. Son lo único que rompe el paisaje.
Allí, entre los recuerdos de la tragedia, se levantan dos cruces pequeñas de metal: una lleva el nombre de Daylin Fierro Cruz, de apenas tres años, y la otra, el de su madre, Rosa Carmina Reyna Sandoval. A un lado, reposa una botellita para hacer burbujas, igual a las que usan las niñas de su edad.
Esa madrugada el accidente ocurrió poco antes de las seis de la mañana, cuando un autobús de pasajeros de la línea Tufesa, que viajaba de Culiacán a Nogales, volcó sobre su costado izquierdo. A bordo iban 31 personas. Siete murieron en el lugar; 25 más fueron trasladadas con heridas de distinta gravedad a hospitales de la región.
De acuerdo con la Fiscalía General de Justicia del Estado, los primeros peritajes apuntaron a que el conductor se habría quedado dormido. “No se encontraron huellas de frenado ni derrape”, detalló en su momento Marta López Olguín, directora general de Atención Temprana de la FGJE.
Tras el siniestro, ambos conductores huyeron. Días después, uno de ellos, identificado como Joel “N”, fue detenido en Guamúchil, Sinaloa, por el delito de abandono de personas. Las autoridades continúan en la búsqueda del segundo chofer.
Entre los sobrevivientes, los testimonios son estremecedores. Algunos recuerdan cómo despertaron entre gritos, metal retorcido y el olor del combustible. Otros apenas logran hablar. Uno de ellos, Jesús, narró que alcanzó a salir por la ventana del conductor; otro, José, contó que salvó su vida por haber cedido su asiento a una pasajera minutos antes del impacto.
“Fue un simple cambio de lugar… y eso me mantuvo vivo”, dijo con la voz entrecortada.
Hoy, casi un mes después, el lugar sigue siendo un altar improvisado. En medio del silencio, entre cobijas, zapatos, chanclas y fragmentos de aquel viaje interrumpido, el recuerdo de las víctimas permanece.
Para los que sobrevivieron, cada kilómetro recorrido desde entonces se siente más largo. Para las familias de quienes no volvieron, la espera por justicia apenas comienza.

