Manuel Grijalva

El reloj de la memoria suele ser implacable, pero hay ausencias que pesan más que el tiempo mismo. Hoy, al cumplirse una década de aquel fatídico agosto en que el mundo perdió el último aliento de Alberto Aguilera Valadez —mejor conocido como Juan Gabriel—, las calles de Ciudad Obregón parecen resonar con un eco distinto. Es el eco del mariachi, de la nostalgia convertida en letras y del recuerdo vivo de un hombre que, enfundado en sus tradicionales trajes de luces y lentejuelas, hizo vibrar los corazones de esta indomable tierra sonorense. Para Juan Gabriel, Obregón no era simplemente una parada técnica en su saturada agenda de giras mundiales; era un santuario de afecto recíproco y calidez humana.

La historia de amor entre el “Divo de Juárez” y el público de Cajeme se escribió con letras de oro a lo largo de varias décadas y múltiples visitas memorables que marcaron la historia del espectáculo local. Quienes tuvimos la fortuna de cubrir sus eventos para las páginas de El Tiempo recordamos con especial nitidez la noche del viernes 8 de mayo de 1998 en el Palenque de la desaparecida “Expo Obregón”. Aquella velada quedó grabada en la memoria colectiva como uno de los conciertos más electrizantes que se hayan registrado en el sur del estado. La ovación inicial, cuando el cantante pisó el ruedo rodeado de su imponente mariachi, duró varios minutos ininterrumpidos; un estallido de júbilo que los asistentes juran no haber vuelto a presenciar con ningún otro artista. Juan Gabriel se entregó sin reservas por más de tres horas, bebiendo el cariño de los cajemenses en un ambiente íntimo donde las miradas se cruzaban de cerca y los aplausos retumbaban con la fuerza de un trueno en el Valle.

Sin embargo, el destino y su inmenso arrastre de masas exigían recintos de mayor envergadura. Fue así como el imponente Estadio “Tomás Oros Gaytán” se transformó en su altar sonorense definitivo. Su última gran presentación en este suelo ocurrió el viernes 27 de mayo de 2016, apenas unos meses antes de su inesperado fallecimiento, como parte de su aclamado “Tour Noa Noa”. Aquella noche, ante un lleno absoluto que abarrotó las gradas y el campo del coloso deportivo, el compositor demostró por qué su vínculo con la región iba más allá del negocio de los boletos. Con precios que oscilaban desde los accesibles pases generales hasta las zonas VIP, miles de familias se congregaron para entonar himnos universales como “Amor eterno” y “Querida”. El Divo, visiblemente conmovido por la energía de los cajemenses, rompió los protocolos y prolongó el espectáculo, devolviendo cada peso invertido con sudor, baile y una entrega interpretativa inigualable.

¿Qué significaban estas tierras para Juan Gabriel? Quienes lo conocieron de cerca en el plano profesional sabían que el cantante sentía una profunda admiración por el temple de la gente del norte, y muy en particular por la autenticidad y el orgullo de Ciudad Obregón. Para él, este rincón del Valle del Yaqui representaba la calidez del México profundo, un lugar de hombres y mujeres trabajadores que sabían cantar con el alma herida y celebrar con el corazón abierto. Tal era su fascinación y agradecimiento con Cajeme que, poco antes de su partida física, canalizó esa inspiración en una obra inédita. En sus últimos meses de vida en el año 2016, el prolífico autor compuso una canción dedicada exclusivamente a Ciudad Obregón, una hermosa pieza musical titulada “Obregón es Obregón”—posteriormente rescatada en plataformas digitales y documentales biográficos—, donde plasmó su visión de esta urbe y el eterno cariño que le profesaba a sus habitantes.

Hoy el Estadio “Tomás Oros Gaytán” y las noches de feria de la “Expo Obregón” guardan un silencio respetuoso. A diez años de distancia, la herida de su partida sigue abierta en el periodismo cultural y en los hogares cajemenses que guardan un disco o un boleto roto como un tesoro sagrado. Juan Gabriel se marchó físicamente un domingo de agosto, pero en Cajeme su recuerdo permanece tan fresco como el agua de los canales que irrigan la tierra. Mientras una madre siga arrullando a su hijo con sus melodías, o un doliente busque consuelo en sus letras de desamor, el Divo seguirá vivo, vistiendo de gala las noches del Valle de Sonora. Su presencia fue un regalo efímero; su legado, una herencia eterna que Obregón jamás olvidará.

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