Manuel Grijalva
EL TIEMPO
Cuando las cosas se hacen con el corazón, con entrega absoluta y con ese respeto sagrado que se le debe tener al público, los resultados saltan a la vista y el éxito no se hace esperar. Bien dicen en el argot musical que “el que es buen gallo en cualquier gallinero canta”, y el orgullo de Cajeme —el mismísimo Alfredo Olivas— lo volvió a demostrar con creces en una de las jornadas más electrizantes, maduras y exitosas de toda su brillante e imparable trayectoria. El prolífico compositor sonorense no vino a ver si podía, ¡sino porque puede vino!, sacudiendo por completo el polvo del camino y dejando una huella imborrable en tres de los escenarios más imponentes, codiciados e históricos de nuestra República Mexicana. No cabe duda de que su estrella brilla hoy con más fuerza que nunca, consolidándose como el gigante de la música norteña.
La descomunal aventura y el rugido ensordecedor de la fanaticada comenzaron a sentirse a flor de piel desde el pasado jueves 15 de octubre. La Arena Monterrey, un recinto colosal que impone un profundo respeto a cualquier artista internacional, vistió sus mejores galas para recibir con los brazos abiertos al ídolo de tierra del yaqui. Desde tempranas horas de la tarde, antes de que se encendieran las primeras luces del espectáculo, las inmediaciones del coloso regiomontano ya eran un hervidero total de emociones, camisas de cuadros, sombreros y un ambiente festivo que presagiaba lo que sería una velada memorable. Alfredo Olivas saltó al escenario haciendo vibrar hasta el último rincón de la estructura y desatando una locura colectiva difícil de describir con palabras; pero las sorpresas apenas comenzaban para los miles de asistentes. Fiel a su estilo generoso, humilde y buscando siempre consentir al máximo a quienes pagan un boleto por verlo y entonar sus composiciones, el cajemense no estuvo solo en esta hazaña norteña: se hizo acompañar por invitados de primerísimo nivel que hicieron que el concierto tomara tintes de leyenda urbana.
El primero en sumarse al festín musical sobre la tarima regiomontana fue Óscar Iván Treviño —la inconfundible y romántica voz de Grupo Duelo—, con quien Olivas derramó romanticismo del bueno, logrando que las parejas presentes se abrazaran al compás del acordeón. La noche se tornó aún más explosiva, dinámica y llena de adrenalina pura cuando apareció en escena Luis R Conriquez, desatando la euforia total y los gritos de la juventud con sus populares corridos bélicos, dándole un toque contemporáneo y festivo al evento. Por si esto fuera poco, la velada dio un giro magistral para dar paso a la nostalgia viva y al ritmo inconfundible de Grupo Apache. Aquello se convirtió de inmediato en una auténtica comunión musical donde el público regio se entregó en cuerpo y alma, coreando cada melodía a todo pulmón, en una velada especial que desafió los horarios y se prolongó hasta altas horas de la madrugada, dejando a Monterrey con ganas de más.
Sin tiempo para el descanso, desafiando el cansancio físico y con la adrenalina todavía recorriendo sus venas a tope, la intensa actividad para el orgullo sonorense continuó sin tregua los días viernes 16 y sábado 17 de octubre en el mero corazón geográfico y cultural del país. El destino no podía ser más imponente: la monumental, histórica y mítica Plaza de Toros México —ubicada en la capital metropolitana—, un monstruo de mil cabezas que ruge con una fuerza capaz de intimidar a los más experimentados. En esta histórica ocasión, Alfredo Olivas acudió al llamado de honor para participar como el invitado súper especial y la gran sorpresa de las esperadas y vitoreadas presentaciones de su gran amigo —compadre y colega de mil batallas—, el talentoso compositor y cantante sinaloense Edén Muñoz.
Cuando “Alfredito” pisó el gigantesco redondel de la Plaza México, sosteniendo su inseparable acordeón, el estruendo fue simplemente ensordecedor; miles de almas se unieron al unísono en un solo grito de profunda admiración y respeto. La complicidad, la hermandad y la innegable química artística entre Olivas y Edén Muñoz sobre el escenario raspó las fibras más sensibles del alma de los presentes, regalando duetos improvisados y ejecuciones magistrales que quedarán grabadas para siempre con letras de oro en la memoria colectiva de los fanáticos del regional mexicano. Fue una demostración absoluta de poderío, talento y madurez musical que dejó en claro, —sin dejar espacio a las dudas—, quiénes son los verdaderos líderes que hoy por hoy mueven los hilos del género y dictan las reglas del juego en la industria.
Para cerrar con un broche de oro verdaderamente espectacular esta intensa jornada de presentaciones por el territorio nacional, el intérprete de grandes éxitos tomó vuelo, cruzó el firmamento y aterrizó en el paradisíaco y exclusivo puerto de Los Cabos, en Baja California Sur. Ahí, donde la tierra desértica se junta con el azul profundo del mar, la respuesta de la gente local y de los cientos de turistas no fue diferente a la de las grandes metrópolis. Con días de anticipación se corrió la voz de su llegada y las taquillas físicas y digitales colaron por completo, registrando un impresionante, rotundo y fulminante sold out.
Ante una multitud vibrante que abarrotó hasta el último metro cuadrado del recinto, Alfredo Olivas demostró la fuerza inquebrantable, vigente y poderosa de su propuesta musical. Se entregó sin reservas, derramando sudor, pasión y talento en un concierto largo, generoso y lleno de sentimiento que sirvió de cerrojazo perfecto para una semana que, sin temor a equivocarnos, consolida su conexión con el público a niveles nunca antes vistos en la era moderna de nuestra música. Con una agenda de trabajo que simplemente no da tregua, que desafía los límites del cansancio y que sigue sumando grandes escenarios, estadios llenos y localidades totalmente agotadas en cada rincón de la República Mexicana, el oriundo de Ciudad Obregón reafirma con orgullo, con la frente en alto y, sobre todo, con hechos contundentes su lugar indiscutible en el Olimpo de la música mexicana. ¡Que sigan los éxitos y los llenos totales para el gran orgullo cajemense!



